lunes, 10 de noviembre de 2014

Delectación voyeurista

Esta imagen nos ofrece la forma en que el ser humano experimenta el erotismo y nos permite visualizar la fuente del goce de la mirada: La imaginación, universo habitado por las imágenes dotadas de placer. La experiencia visual se origina en lo pasional que deriva de un encuentro entre lo inquietante y el ansia que mantiene una estrecha relación con el deseo del individuo.

El objeto de deseo en esta imagen tiene cuerpo de mujer. Se trata de un tipo característico de persona que por la dureza sugestiva que ella nos ofrece, dista mucho de ser amable, representada por la mujer distante, amenazadora en busca de llenar el vacío que el objeto amado busca en el reflejo del espejo. Lo primero que llama la atención al observador es la posición de la mujer que realza lo atractivo de la imagen pues la vemos sentada en un taburete de piernas cruzadas y mostrando su  desnudez lo que hace más atractivo el cuadro visual del espejo.

La composición sitúa a la mujer en una posición comprometedora.  En efecto, una pierna cruza a la otra por encima en una actitud provocadora. La escena se sitúa en un espacio interior comprometido por una escalera que acentúa el protagonismo de la figura masculina que aparece observando a la mujer reflejada en el espejo. En este caso, lo inaccesible del lugar nos revela algo del deseo que lo habita.

La fuerza erótica de ésta imagen reside en la estrecha relación del cuerpo masculino que invita a una contemplación prolongada del objetivo fotografiado. El carácter teatral de esta representación voyeur se descubre por la presencia del hombre, cuya posición aparece haciendo acto de presencia en la escena a través de la mirada del espejo situándolo en una posición de dominio en la parte superior de la escalera lo cual ejerce un papel fundamental en la penumbra.

El elemento que está implícito en la imagen fotográfica es el espejo lo que favorece el contraste de los planos subrayando la presencia erótica que existe entre las sombras y la figura del hombre capaz de darle profundidad a la imagen. De esta manera tenemos en primer lugar  una mujer que interviene como objeto de deseo reflejado en el espejo. En segundo lugar la presencia del hombre marcada por una conducta caprichosa y la tercera que une a los dos protagonistas con la posición del anónimo observador que lo sitúa fuera de la estrecha relación de los personajes haciéndose partícipe del espionaje.


Se trata de un equilibrio dinámico, donde la distribución de las fuerzas genera la impresión de que toda acción se ha detenido. La fuerza erógena de la imagen se alimenta del disfrute del gozo por sí mima. Como decía Bataille el erotismo es la vía más potente para entrar en el instante. 


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