Esta imagen nos ofrece la forma en que el ser humano
experimenta el erotismo y nos permite visualizar la fuente del goce de la mirada:
La imaginación, universo habitado por las imágenes dotadas de placer. La
experiencia visual se origina en lo pasional que deriva de un encuentro entre
lo inquietante y el ansia que mantiene una estrecha relación con el deseo del
individuo.
El objeto de deseo en esta imagen tiene cuerpo
de mujer. Se trata de un tipo característico de persona que por la dureza
sugestiva que ella nos ofrece, dista mucho de ser amable, representada por la
mujer distante, amenazadora en busca de llenar el vacío que el objeto amado
busca en el reflejo del espejo. Lo primero que llama la atención al observador
es la posición de la mujer que realza lo atractivo de la imagen pues la vemos
sentada en un taburete de piernas cruzadas y mostrando su desnudez lo que hace más atractivo el cuadro
visual del espejo.
La composición sitúa a la mujer en una posición
comprometedora. En efecto, una pierna
cruza a la otra por encima en una actitud provocadora. La escena se sitúa en un
espacio interior comprometido por una escalera que acentúa el protagonismo de
la figura masculina que aparece observando a la mujer reflejada en el espejo. En
este caso, lo inaccesible del lugar nos revela algo del deseo que lo habita.
La fuerza erótica de ésta imagen reside en la
estrecha relación del cuerpo masculino que invita a una contemplación
prolongada del objetivo fotografiado. El carácter teatral de esta
representación voyeur se descubre por la presencia del hombre, cuya posición
aparece haciendo acto de presencia en la escena a través de la
mirada del espejo situándolo en una posición de dominio en la parte superior de
la escalera lo cual ejerce un papel fundamental en la penumbra.
El elemento que está implícito en la imagen
fotográfica es el espejo lo que favorece el contraste de los planos subrayando
la presencia erótica que existe entre las sombras y la figura del hombre capaz
de darle profundidad a la imagen. De esta manera tenemos en primer lugar una mujer que interviene como objeto de deseo
reflejado en el espejo. En segundo lugar la presencia del hombre marcada por una conducta caprichosa y la tercera que une a los dos protagonistas con
la posición del anónimo observador que lo sitúa fuera de la estrecha relación
de los personajes haciéndose partícipe del espionaje.
Se trata de un equilibrio dinámico, donde la
distribución de las fuerzas genera la impresión de que toda acción se ha
detenido. La fuerza erógena de la imagen se alimenta del disfrute del gozo por
sí mima. Como decía Bataille el erotismo es la vía más potente para entrar en
el instante.

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